Dos clientes habituales están en la barra.
El camarero les sirve las copas y,
les suelta de repente algo aparentemente absurdo.


EL CAMARERO

Nada se nos exige,
nada se quiere demostrar,
porque, de hecho,
lo que percibimos
es un pensamiento caprichoso,
de una maestría ingenua
que no deja de rondarnos.

Nos atrapa
en su enredadera impetuosa,
retorcida y hechizante,
hasta el punto de que
dejamos de reconocernos.

Decimos «sí» a todo,
solo para complacerla.

Y lo más extraño:
parece que nos gusta.


El camarero termina de servir las copas,
y se marcha sin decir nada más.
Los dos clientes se quedan mirándose.
Al cabo de un rato:

CLIENTE 2

¿Tú has entendido algo?

CLIENTE 1 levanta la cabeza. Espera unos segundos
y dice algo que no tiene nada que ver con lo anterior.


CLIENTE 1

¿Te has fijado alguna vez en los hongos?

CLIENTE 2

(aturdido aún más)

¿Qué?... No...

CLIENTE 1

¿No te ha dicho nadie
que los hongos que no envenenan
tienden a envenenar?


CLIENTE 2

¿Los que no envenenan?

CLIENTE 1

Sí.

CLIENTE 2 lo mira aturdido.


CLIENTE 2

¡Esto es el colmo!
¿Cómo van a envenenarnos
los hongos que no envenenan?
Solo con pronunciar
semejante aberración,
me entran ganas de reírme.
¿Has comido algo que te sentó mal?

CLIENTE 1

Nunca se me ha pasado por la cabeza
burlarme de ti. Yo de verdad lo creo.

CLIENTE 2


Quien cree esto está perdido.

CLIENTE 1

¿Y en qué basas tu juicio?

CLIENTE 2

En lo que tengo delante.

CLIENTE 1

¿Y qué tienes delante?

CLIENTE 2

A ti.

Silencio.
Un trago.


CLIENTE 1

Cómo me gustaría ser un micelio,
un cuerpo oculto en la oscuridad,
bajo
la capa mohosa de la humanidad.

Invisible.
Solo conectado con raíces.
Solo ocupado
en enviar esporas.

Quizá incluso venenosas.

Me reiría de los moribundos,
si no me aplastaran antes
con sus torpes pies.

CLIENTE 2

¿Y qué te hace creer
que podrías ser un micelio?

CLIENTE 1

El deseo de desaparecer.
Este mundo...
...sabe a putrefacción.

Ya no me soporto
en esta piel en la que estoy.
Quizá alguna vez fue mía.
Ahora, en absoluto.

CLIENTE 2

¿Estás perdiendo la cabeza?
CLIENTE 1

Si así fuera, ya te habría envenenado.

CLIENTE 2

¿Significa que debo temerte?

CLIENTE 1

Ese es tu problema.


Otro trago.


CLIENTE 1

Me siento desligado
de la «supuesta» realidad.
Cuanto más me rechaza,
más me atrae lo que hay debajo.

Quisiera ser el corazón de un hongo:
pequeño, oculto,
trabajando bajo tierra.
Tejiendo redes entre raíces,
emparentándome con ellas.

Invisible para tus ojos
y, sin embargo,
tan indispensable allí.

Quizá un alma,
abajo 
e «incógnito» arriba.

Me arrancaría la piel,
capa tras capa,
hasta que solo quedara costra.
Solo yo percibiría el aroma a nuez
y el yodo me alimentaría.

CLIENTE 2

¿De verdad crees eso?

CLIENTE 1 asiente pensativo.

CLIENTE 2

Estás perdiendo la razón.

CLIENTE 1

Hermoso sería…

CLIENTE 2
Levanta su copa. 

¡Pues brindemos!
Y no pienses en la inmortalidad.
Déjala venir, si quiere.

CLIENTE 1

Por qué no…

Levanta asimismo su copa. Está a punto de brindar, pero se detiene.


¿Y si nunca viene?

CLIENTE 2

Así no tendrás que invitarla a beber.


Se miran.


CLIENTE 2


¿Brindamos?

CLIENTE 1, después de pensar, devuelve su copa sobre la mesa.
Una sonrisa torcida.


CLIENTE 1

No entiendes.
Hablo de trascendencia.

CLIENTE 2

Trasciende todo lo que quieras,
pero paga esta ronda
antes de transformarte.

CLIENTE 1

Temo la exposición.

CLIENTE 2

¿A qué exactamente?

CLIENTE 1

A todo:
a la respiración,
al hambre,
al miedo,
a la crueldad,
a la muerte.

CLIENTE 2

Siempre ha sido así.

CLIENTE 1

¡No!
Así hemos sido NOSOTROS.
Solo que tú no lo notas.

CLIENTE 2

Por eso estamos aquí.

CLIENTE 1

¡No!
Por eso me escondo
a plena vista.

CLIENTE 2

No te puedes esconder.

CLIENTE 1

¡Sí!
No detrás de los muros,
sino volviéndome más silencioso.
Dejando de
querer ser visto.
Dejando de
responder.


Silencio. CLIENTE 2 se asoma a su vaso.


CLIENTE 1

Las obligaciones pesan.
Uno está atado
al cuerpo,
a los recuerdos.

CLIENTE 2

¡Hombre, pues desátate entonces!

CLIENTE 1

Si hubiera sido tan fácil…

CLIENTE 2

Yo ni me acuerdo
de lo que hice ayer.
Y mírame...

Silencio.


CLIENTE 1

Me dejo tragar...

CLIENTE 2

Te estás ilusionando.

CLIENTE 1

¡No!
Es resignación.

CLIENTE 2

Pues suena a derrota.

CLIENTE 1

¡No!
No derrota. Espera.
Esperar
a que algo cambie.

Hablo de retirarse.

CLIENTE 2

Entonces quieres desaparecer.

CLIENTE 1

Tampoco.
Doy un paso atrás
desde mi propio contorno.
El mundo no lo nota.


Los dos amigos quedan absortos en sus pensamientos.
Al cabo de un rato:

CLIENTE 2

Mira cómo me has contagiado:
si todos pensáramos así,
tendríamos que envenenarnos mutuamente.

CLIENTE 2 levanta su copa.

¡Salud!
 
CLIENTE 1 asiente lentamente.

CLIENTE 1


Eso ya lo hacemos desde hace tiempo, querido.
Por eso algunos sueñan
con volverse invisibles.



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